¿Dónde nace la violencia?

¿Existe algún asunto que exija más reflexión y más comprensión que dónde nace la violencia en el ser humano? Es oportuno, a priori, entender mejor el concepto de violencia. La Organización Mundial de la Salud la define así: “Uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte”. Destacamos que no existe solo la violencia explícita, como los tiros, las cuchilladas y las lesiones corporales. Junto a ella, y en mayor escala que ella, está la violencia invisible, psicológica, que fomenta, en la relación metafórica con los icebergs, las condiciones desastrosas de daños psíquicos y de privaciones de desarrollo humano. Es de Tensin Gyatsu, el Dalai Lama, la frase que caracteriza bien esta situación: “Las palabras no usan armas, pero hieren el corazón”. 

Es importante notar la extensión del concepto de violencia. Sin embargo, es fundamental comprender cómo surge. Nuestra mente alberga pensamientos y emociones. Experimentamos muchas sensaciones en nuestro diario vivir y, generalizando, distinguimos fácilmente dos sentimientos muy básicos: El primero es el de la satisfacción, que se produce cuando nuestros deseos, aspiraciones y necesidades son cumplidos. Tenemos sed y hay agua, tenemos hambre y hay alimento, necesitamos un hombro amigo y alguien viene a conversar con nosotros y nos apoya. Así es la satisfacción, un sentimiento que favorece el calor interno, un estado positivo que nos deja serenos por el cumplimiento de nuestras expectativas. Todos conocemos ese sentimiento en sus dimensiones, a saber, fisiológica, psicológica y filosófica, y comprendemos su importancia. Sin embargo, vivimos también, todos los días, un sentimiento opuesto: la frustración. Tengo sed, pero no hay agua, tengo hambre, pero no hay alimento, necesito a alguien cerca, pero nadie se interesa por mí, llamo por teléfono y mando flores, pero nadie me responde. Eso es la frustración. Todos conocemos ese sentimiento y sabemos el malestar que produce. Daría para hacer un balance al final del día, del mes, de un período de la vida e incluso de la vida entera, con respecto a si nos percibimos con más satisfacciones o frustraciones. 

La frustración tiene una hija cuyo nombre es muy conocido: agresividad. La agresividad nace del estado de frustración. Como es natural que la vida nos ofrezca “nos”, es también natural la frustración y, de la misma manera, la agresividad, cuya etimología latina, agredire, significa ponerse de pie e ir en dirección de algo. Así, especialmente para los educadores, es importante comprender que la agresividad no es necesariamente mala. Existe una agresividad buena, positiva, constructiva, que nos pone de pie y en la dirección de la búsqueda de soluciones y alternativas para derribar obstáculos y realizar nuestras necesidades y sueños. La agresividad nos saca del sofá y nos pone en marcha.

La realidad dice no y yo digo sí, yo quiero. Me pongo de pie y voy en dirección a aquello que busco. No podemos desear que un niño o un adulto no sea agresivo. La agresividad es fundamental, pues ella promueve la continuidad y el desarrollo de la vida: los jóvenes que no aprueban el examen de ingreso a la universidad cortan los excesos de entretenimiento y las salidas nocturnas y se concentran y organizan su tiempo para estudiar, en una nueva postura constructiva. De la misma manera, en el noveno mes de gestación, la futura madre está incómoda, ansiosa y, por eso, se siente frustrada. El bebé, que también se siente incómodo debido a la falta de espacio, también se frustra. De ese cuadro de frustración de ambos, expresado mediante respuestas fisiológicas y psicológicas, surge la agresividad que da lugar a la vida. Así, nuestra propia vida se relaciona con la capacidad de expresar constructivamente la agresividad. 

Existe, sin embargo, otra agresividad que no es buena, sino mala, que no es de la luz, sino de las sombras, que no es constructiva, sino destructiva. Esa es la agresividad a la que llamamos violencia. Es una energía que se pervierte, que se desvía hacia diferentes formas de destrucción, incluso hacia la autodestrucción. Corresponde entonces formular una pregunta básica: ¿por qué por momentos la agresividad se canaliza constructivamente y por momentos se expresa mediante la destrucción y la violencia? El desequilibrio significativo entre satisfacciones y frustraciones y la imposibilidad de que la agresividad se exprese en forma creativa y productiva puede brindarnos la respuesta. Cuando en la vida de alguien se produce un profundo desequilibrio entre satisfacciones y frustraciones y son estas últimas las que predominan, la agresividad se canaliza mediante la violencia. Se desvía de su condición natural y se canaliza hacia la destrucción.

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