Entre la protección y los malos tratos

Teresa – ¿Cuáles son las  raíces de la violencia? 

João Roberto – Para hablar sobre las raíces de la violencia, se debe observar la complejidad de los movimientos de nuestra mente, que abriga pensamientos y emociones. Nuestra vida cotidiana está marcada por movimientos afectivos y distinguimos, fácilmente, dos sentimientos muy conocidos. El primero es el de la satisfacción, que se produce cuando nuestras aspiraciones y necesidades se cumplen. Tenemos sed y bebemos agua; tenemos hambre y  nos alimentamos; estamos carentes y alguien nos acoge y apoya. Así es la satisfacción, un sentimiento que favorece la calidez interna, un estado positivo que nos deja serenos por el cumplimiento de nuestras expectativas. Todos conocemos esta emoción en sus dimensiones fisiológica, psicológica y filosófica. También comprendemos su importancia. Sin embargo, vivimos, todos los días, un sentimiento opuesto: la frustración. Tengo sed, pero no hay agua; tengo hambre, pero no hay alimento; estoy  carente y nadie se interesa por mí; llamo a alguien querido, le mando flores y nada, la persona no se importa. Eso es lo que llamamos frustración. Reconocemos ese estado de insatisfacción y sabemos el malestar que produce. Podríamos hacer un balance al final del día, del mes, de un período de vida e incluso de toda la vida, sobre si nos vemos con más satisfacciones o frustraciones.  

La frustración tiene una hija de nombre muy conocido: la agresividad. Ella nace de la decepción. Es natural que la vida nos ofrezca muchas negativas. De igual modo, es natural la frustración y, también, la agresividad, que significa etimológicamente, “ponerse de pie e ir hacia algo.” Así, especialmente para los educadores, es importante comprender que la agresividad no es necesariamente algo negativo. Ella promueve energía y fuerza que nos levanta, nos pone de pie y nos orienta hacia las soluciones y alternativas, para romper obstáculos y realizar nuestras necesidades y sueños.  Nos saca del cómodo sofá y nos anima a caminar. La realidad dice no, yo la enfrento y, paradójicamente, diciéndole: ¡sí, yo quiero! Me pongo de pie y camino hacia lo que busco. No podemos querer que un niño o un adulto no sean agresivos. La agresividad es fundamental, pues promueve la continuidad y el desarrollo de la vida.  

Por ejemplo, en el noveno mes del embarazo, la mujer está  incómoda, ansiosa, y, por eso, se siente insatisfecha. El bebé que también se siente incómodo debido a la falta de espacio, también  se frustra. De ese cuadro de frustración de ambos, expresado en respuestas fisiológicas y psicológicas, brota la vida. Así, nuestra propia existencia se relaciona con la capacidad física y mental de expresar constructivamente la agresividad. Existe, sin embargo, otra forma de manifestar las frustraciones que es destructiva. A esa forma la llamamos violencia. Es una energía que se pervierte y se desvía hacia distintas formas de destrucción, incluso hacia la autodestrucción. Al nacer, es posible que la madre no reciba bien a su bebé, no le ofrezca la necesaria cuna amorosa. No le hace cariño, sino que lo rechaza. En nuestra condición de adultos, es difícil evaluar el profundo dolor del  rechazo físico y psicológico en el momento del espanto que es romper la placenta y respirar por sí solo. El nacimiento es un desafío enorme. Enfrentar los nuevos y diferentes estímulos como el frío, los ruidos, los colores. El niño pide ayuda y acogida que, si no se le ofrece, creará una enorme molestia, la cual origina un imprinting emocional negativo, el registro de que el mundo no es bueno, ni agradable, tampoco hospitalario, y sí, un lugar escarpado y amargo.  

Por otro lado, la violencia ya presente en algunos padres aumenta debido al  consumo de bebidas alcohólicas y otras drogas, ensancha la impaciencia y la intolerancia y promueve, en relación con los recién nacidos, el doloroso fenómeno de una “sacudida”, que hiere al niño de forma física y psicológicamente. La situación del bebé nacido en tal ambiente se complica todavía más. Imaginemos el estado psicológico de un ser frágil, que clama por unos brazos cálidos, y en vez de esa calidez, es víctima de la rabia de padres brutos. Imaginemos el nivel de frustración que eso significa para él, aún con su sistema neurocerebral en formación y su comprensión sobre el mundo estructurándose. Hay niños, aún en tierna edad y, por ello, necesitando de protección, que presencian violencia doméstica, palizas, golpes, empujones, internalizando, de ese modo, miedo, pavor, inseguridad y más frustraciones. Existen niños que les pegan, de alguna forma, todos los días, que nunca la familia los abrazó ni nadie les dio afecto, jamás recibieron elogios de la madre o del padre. Muchos solo conocen la negatividad de la crítica, las referencias desacreditadoras de la familia y de los vecinos. Algunos de ellos escuchan de los padres, repetidas veces, la cruel afirmación: “eres una carga para mí.” Más tarde, en la escuela, será más pobre en posibilidades, más rígido, más carente, reducido y fragmentado intelectualmente. Diferente del niño que recibió afecto de los padres, fue estimulado y elogiado. Este entiende los contenidos más fácilmente porque tiene menos ruidos internos. Contrariamente, aquellos que conviven con la violencia tienen un serio comprometimiento neurocerebral y la resultante dificultad de aprendizaje. Es muy importante que nosotros, adultos, comprendamos las consecuencias de dichos ruidos.  

En la historia de la vida de una persona, en el mismo momento, tan especial,  en que inicia su proceso de alfabetización, a la edad de seis años, puede estar expuesta a la posibilidad de una grave frustración más. Con su déficit afectivo, no acompaña los contenidos que normalmente son elaborados por otros estudiantes, pero  que son muy difíciles para ella. Así, huye psicológica y físicamente del entorno de la escuela, que no la entiende ni ayuda. Así, de frustración en frustración, se va construyendo un desequilibrio perverso que promueve el nacimiento de la violencia, que nos duele y nos molesta a todos. La violencia no cae del cielo; nadie nace violento, ni es brutalizado de un momento a otro. Es una construcción en la historia de la vida de la persona.  

La violencia nace de la violencia. Una cultura violenta favorece el desarrollo de seres brutos. La paz nace de la paz. Siempre hay una relación de causalidad recursiva. El individuo hace la sociedad y esta, a su vez, por vía retroactiva, construye al individuo. Estamos produciendo la brutalidad que se manifestará en un futuro próximo. Hoy vivimos la violencia que empezó a construirse en el pasado. Estamos llamados a prevenir el salvajismo que pueda surgir en el futuro.


Semanalmente, encontrarás una entrevista en este espacio. Para inaugurar esta serie, invitamos al pensador y escritor João Roberto de Araújo. Septuagenario, audaz visionario que busca la expansión mundial de su experiencia como educador socioemocional. Fundó la 50-50 SEL Solutions que tiene el significativo propósito de ofrecer, hasta el año 2050, los fundamentos de la Educación Socioemocional, a por lo menos, 50% de la población mundial. Lo cual será posible con la participación de una red de complementadores, con el objeto de “ser puente” entre tantas necesidades y posibles respuestas.
Teresa Magalhães, escritora y profesora de Literatura, fue invitada para entrevistarlo.

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