La construcción da la violencia

Para comprender mejor este fenómeno psicológico del desequilibrio entre las satisfacciones y las frustraciones, podemos imaginar una historia posible en la condición humana y encontrada, aún, en todo grupo social. Una joven con una historia personal, familiar y social difícil, de dolor y sufrimiento, físico y psicológico, queda embarazada. Debido a su historia de vida, tiene una relación negativa con el embarazo. Observa su vientre y dice: “¡¿Qué hace esto ahí, que no quiero, que no me gusta, que rechazo?!”. Sabemos que eso es posible y que un bebé puede sentir mucha frustración incluso antes de nacer: frustración psicológica por el rechazo afectivo y frustración fisiológica por la incomodidad con movimientos, alimentos, drogas, etc. Así, antes de nacer, el bebé ya presenta altos niveles de frustración. Al nacer, es posible que esa madre no lo reciba bien, no le ofrezca la necesaria y fundamental mirada y gestos de bienvenida amorosa. No lo acaricia, lo rechaza. En nuestra condición de adultos, es difícil evaluar el profundo dolor del rechazo físico y psicológico en el momento del nacimiento, en el espanto con este mundo nuevo que exige toda la protección posible. El nacimiento es un desafío enorme. Respirar y enfrentar nuevos y diferentes estímulos demanda ayuda y recibimiento amoroso que, si no se ofrecen, crean una gran frustración y promueven una huella emocional negativa, el registro de que el mundo no es bueno, suave y amparador, sino áspero y duro.

En ese contexto, muchos niños son dejados en guarderías, son retirados a las cinco de la tarde por madres o padres negligentes que los devuelven, la mañana siguiente, sin siquiera haberles cambiado los pañales. Por otra parte, la violencia que ya existe en algunos padres, exacerbada por bebidas alcohólicas y otras drogas, aumenta la impaciencia y la intolerancia y fomenta, con respecto a los recién nacidos, el doloroso fenómeno de la sacudida, que lastima física y psicológicamente y representa otra grave situación de frustración. Imagine el estado psicológico de un niño abusivamente sacudido con toda la rabia de una bestia y con la natural expectativa biológica y psicológica de recibir cuidado y cariño. Imagine el nivel de frustración que eso significa para un niño, cuyo sistema neurocerebral en formación y su comprensión del mundo aún se está estructurando. Hay niños aún en su tierna edad y que, por eso, necesitan protección, que presencian violencia doméstica, palizas, bofetadas, empujones, e internalizan miedo, pavor, inseguridad y más frustraciones. Hay niños que son, de alguna manera, azotados todos los días. Hay niños que nunca recibieron un abrazo ni de su familia ni de cualquier otra persona. Hay niños que nunca recibieron elogios de la madre o del padre. Hay niños que solo conocen la negatividad de la crítica, las referencias decepcionantes de la familia y de los vecinos. Hay niños que escuchan de la propia madre, repetidas veces, la cruel afirmación: “eres un estorbo en mi vida”. Así, hay niños que cuando llegan a los cuatro, cinco o seis años de edad presentan una historia en la que predominan, radicalmente, las frustraciones sobre las satisfacciones. 

Esa historia de frustraciones revela una profunda carencia afectiva y, en este punto, reside la cuestión central que exige especial atención de los educadores: estudios e investigaciones indican que el déficit afectivo crea déficit de aprendizaje. El déficit de afecto hace que la racionalidad quede comprometida, limitada. En la persona con déficit afectivo se pueden notar fácilmente las limitaciones de su capacidad de pensar con serenidad y promover la adecuada construcción lógica de los hechos. Es más pobre en posibilidades, más rígida, menos flexible, más desvalida, reducida y fragmentada intelectualmente. Difiere del niño al que se brinda cariño, amor, estímulo y elogio. Este niño entiende más fácil, tiene menos ruidos internos. Para nosotros, que somos adultos, es de gran ayuda comprender las consecuencias de esos ruidos. Así, internalizándolos en nosotros mismos, podemos observar las limitaciones que ellos nos imponen. La profesora que pelea con su marido o el profesor que pelea con su esposa, con su hijo o padres temprano a la mañana y va a la escuela a trabajar tal vez note que, en esas condiciones, es incompetente para hacer lo que tiene que hacer. Es posible que se diga: “Por favor, no puedo trabajar hoy, no me siento bien como para ir a dictar clases, necesito ayuda”. Todo eso debido a un momento puntual de dificultad afectiva. Imaginemos a un niño con una permanente historia de frustraciones repetidas ante los desafíos que la escuela y la misma vida plantean. Los niños que reciben afecto, a quienes se les dan muestras de cariño físico, que notan la afectividad de los padres y de la familia, desarrollan biológicamente condiciones neurocerebrales diferenciadas que facilitarán su proceso de aprendizaje. En forma contraria, los niños que conviven con la violencia tienen un serio comprometimiento neurocerebral y una consecuente dificultad de aprendizaje. Muchos niños con ese déficit afectivo están hoy por hoy en nuestras aulas, son nuestros alumnos. Existe el riesgo de que no notemos esa realidad. Cuando vamos a un hospital a visitar a un accidentado politraumatizado, con las piernas, la columna y los brazos enyesados, es tan obvia su inmovilidad, que somos incapaces de pedir que se levante y tome un vaso de agua. Metafóricamente, estamos corriendo el riesgo de solicitar que un niño mentalmente enyesado, invisiblemente inmovilizado, tome un vaso de agua. No estamos viendo que existe un yeso interno que es el dolor, que es el sufrimiento, que son los ruidos que lo inmovilizan y que frecuentemente escapan a nuestra percepción.

Los niños con esos ruidos internos se presentan más activos, con más movimientos, menos acomodados que los niños afectivamente más seguros y, por lo tanto, más serenos. El niño con déficit afectivo es el que corre más, el que va y viene más, es el que se muestra más, es el que sube y baja más, es el que patea más, es el que incomoda más, expresando su incomodidad interior y buscando, ingenua e inconscientemente y, por qué no decirlo, equivocadamente, curar su herida. Como adultos y educadores, corremos el riesgo de adoptar una actitud de prejuicio: “Mira, ese niño corre para todas partes, es sano, no se interesa por los estudios porque no quiere”, lo que hace surgir en nosotros el deseo de castigar para corregir. En la historia de vida de un niño, en el momento especial de iniciar su proceso de alfabetización, a los seis años, podrá exponerse, una vez más, a la posibilidad de otra grave frustración. Con su déficit afectivo, no logra entender, porque le resulta dificilísimo, el contenido que normalmente el resto de los alumnos elabora. Entonces, huyen psicológica y físicamente del ambiente de la escuela, que no logra comprenderlo ni ayudarlo. Así, de frustración en frustración, vamos construyendo un desequilibrio perverso que promueve el nacimiento de la violencia, que lastima e incomoda a todos. 

La violencia no cae del cielo, nadie nace violento ni se vuelve violento de la noche a la mañana. La violencia es una construcción en la historia de vida del individuo. Actualmente, construimos la violencia que se manifestará en el futuro próximo. Hoy por hoy, vivimos la violencia que comenzó a construirse en el pasado. Hoy por hoy, somos convocados a prevenir la violencia que podrá surgir en el futuro. 

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