Perfeccionamiento de la represión legítima para evitar o reducir la violencia

La violencia está presente en nuestra vida, en el diario vivir, en nuestro aquí y ahora. Hay personas que hieren, que matan, que roban e infligen dolor y sufrimiento a los demás. Es necesario intervenir para inhibir y para aislar al agente violento y evitar que la acción destructiva se extienda. De esta manera, es legítima la represión cuando se lleva a cabo dentro de los parámetros legales y en el contexto democrático. En este eje se encuentran los esfuerzos para la mejoría de la legislación penal. Hay espacio para el perfeccionamiento de la base legal, importante papel esperado del Poder Legislativo, que crea las leyes para hacer frente a la delincuencia. 

En este eje, también se encuentra la mejoría de la justicia, que debe presentar respuestas más rápidas. Existe, de forma generalizada, el sentimiento de morosidad en la justicia. Con frecuencia, los magistrados y fiscales de justicia relatan los reveses estructurales y funcionales relacionados con la aplicación de la ley, que crean, por su lentitud, sentimientos de impunidad. También en este eje de la represión legítima debemos buscar mejorías en los mecanismos de seguridad pública: las policías que actúan en prevención e investigación presentan carencias significativas de aportes científicos y tecnológicos. En muchos países, la policía aún se involucra en procesos de corrupción que desfavorecen la acción eficaz para reducir el crimen organizado. La propia familia tiene, en el eje de la represión legítima, un papel importantísimo relativo a la patria potestad. Los padres debe usar con más conciencia el valor constructivo del “no” y reducir la permisividad excesiva con respecto a sus hijos. En el proceso de construcción del ser humano, particularmente de nuestros niños, debemos incorporar la fuerza del “no” constructivo y recordar que, lado a lado del “sí” que construye, se encuentra el “sí” que destruye.

Dentro del eje de la represión legítima, debemos ampliar la mirada y constatar que, aunque son importantísimas, necesarias y legítimas, las acciones represivas no son suficientes. La mayor parte de las personas consultadas sobre qué hacer para reducir la violencia indica, enfática y prioritariamente, la represión. Más policías en la calle, más patrullas y más armamento son las respuestas predominantes. Aquí reside un equívoco, que una metáfora pude ayudarnos a entender: un niño con meningitis tiene fiebre alta y, para curarla, el médico receta dos medicamentos: uno para bajar la fiebre y otro para combatir la bacteria. Si el médico prescribe solo el remedio para bajar la fiebre, no habrá cura, es necesario combatir la bacteria. Del mismo modo, las acciones policiales y de justicia constituyen remedio para bajar la fiebre de la enfermedad social a la que denominamos violencia y que, en algunos casos, ni siquiera logran bajar la fiebre, tan grave es la enfermedad. Es preocupante notar que los educadores enfatizan prioritariamente el eje de la represión, sin la comprensión de que esa es una medida complementaria. Necesitamos respuestas más sólidas. 

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